Suena bien bonito eso de la «Primavera Oaxaqueña», como si el estado hubiera despertado de golpe a un mundo de color rosa, lleno de justicia y ternura, nada más porque llegó MORENA a poner orden. Esa es la novela que venden a sus seguidores en cada conferencia matutina, la que repiten como pericos los diputados locales y la que publican con bombo y platillo en las redes oficiales: que si la revocación de mandato fue un éxito a pesar de que en la mayoría de los municipios que se rigen por el sistema de partidos políticos e incluso en los de usos y costumbres no solo perdió el gobernador, perdieron los aspirantes al gobierno, las autoridades municipales, los legisladores federales y locales, todos los senadores, los funcionarios federales, estatales, y municipales; que tenían cuotas para movilizar los votos para su ratificación. El ejercicio fue una derrota total de MORENA el Verde y los gobiernos federal, estatal y municipal.
También dice el gobierno oaxaqueño que las reformas legales son históricas, que la inseguridad bajó un 23%. Pero la realidad que se vive en las calles, en los mercados, en los hospitales y en las comunidades más olvidadas es completamente distinta, y cada vez son más los oaxaqueños que se están dando cuenta de que esta primavera más bien huele a fraude, a engaño, a ofensa a la inteligencia.
La violencia no da tregua y el gobierno morenista, en lugar de darle atención a las víctimas, parece que nada más les echa tierra al asunto, porque mientras el gobernador se cuelga medallas imaginarias, las cifras reales son un verdadero infierno: en lo que va de su sexenio, organizaciones de derechos humanos y colectivos feministas han documentado 280 asesinatos de mujeres y más de mil 139 desaparecidas, una cifra que pone los pelos de punta y que las propias activistas resumen con una frase que duele pero es cierta: las autoridades «simulan, archivan, dilatan y callan», porque la Fiscalía parece más bien una extensión del palacio de gobierno y a la Defensoría de los Derechos Humanos le tiembla la mano cada vez que tiene que emitir una recomendación al gobierno estatal, lo que deja a las familias de las víctimas completamente desamparadas y con el enojo a flor de piel, porque aquí el que delinque no paga, y el que gobierna se hace de la vista gorda.
Pero si la inseguridad ya es un volcán a punto de estallar, la situación económica no se queda atrás porque Oaxaca está instalado en el triste segundo lugar nacional en pobreza, con más de la mitad de su población ganando tan poquito que ni para los frijoles alcanza, y lo peor es que entre 2024 y 2025 la pobreza laboral aumentó, lo que significa que aunque la gente se parte el lomo trabajando, el dinero no les rinde ni para medio gasto, y mientras el pueblo se las ve negras para llevar el mandado a la casa, el gobierno estatal en 2025 se dio el lujo de gastar 162 millones de pesos en la Guelaguetza, incluyendo un dineral de 10 millones de pesos nada más para traerse a Rubén Blades a cantar un ratito, y otros millones para Lila Downs y Siddhartha, cuando la realidad es que los hospitales carecen de medicinas, las escuelas se caen a pedazos y en las comunidades serranas la gente todavía no tiene agua entubada, un contraste tan brutal que hasta el más pendejo se da cuenta de que las prioridades de este gobierno están todas volteadas.
Y para rematar, el desorden administrativo es mayúsculo, porque resulta que el gobierno del Estado dejó sin ejercer en el presupuesto del año pasado más de 4 mil 800 millones de pesos –mil quinientos millones destinados al sector salud—, un subejercicio escandaloso que se traduce en que el dinero que ya estaba etiquetado para construir caminos, equipar clínicas y arreglar el drenaje se quedó guardadito sin que nadie supiera bien a bien por qué, lo que organizaciones como el Movimiento Antorchista califican sin pelos en la lengua como un crimen social, porque cada peso que no se gasta en la gente es un peso que se le roba literalmente a los más necesitados, además de que los contratos millonarios se reparten entre amigos y familiares—como la nuera del gobernador que anda de diputada con un sueldo de 280 mil pesos al mes—y las obras públicas no se terminan o se pagan a sobreprecio, como el sistema de agua potable de Hacienda Blanca que costó 16.5 millones y sigue sin funcionar, un claro ejemplo de que el «no robar, no mentir y no traicionar» se quedó en el discurso.
Cabe señalar que uno de los factores que más ha dañado el ejercicio del gobierno ha sido la pugna con el clan de los Murat, pues ante la incorporación de Alejandro Murat al morenismo, de quien se dice que ya le retiraron la visa norteamericana, el blindaje del partido-gobierno ha frenado los intentos de corregir los desvíos del ahora senador Murat, del cual una docena de integrantes de su administración tiene cuentas pendientes con la justicia, estancadas en el limbo de la impunidad forzada por el apoyo de Sheinbaum, cuyo respaldo a Alejandro en su reciente gira por Oaxaca, es un recordatorio para el gobernador actual de los acuerdos que el clan Murat tiene con la presidencia de la República.
Para colmo de males, el campo oaxaqueño es un polvorín con 261 conflictos agrarios latentes, donde la gente se agarra a machetazos o termina desplazada de su propia tierra por la violencia, como pasó en Yosondúa y en San Juan Juquila Mixes, y los gobiernos municipales, que en muchos casos están coludidos con el crimen organizado, se la pasan viendo hacia otro lado, tanto que hasta la diputada federal del Partido del Trabajo (antes aliado de MORENA en Oaxaca), Maribel Martínez Ruiz de manera directa ha tenido que alzar la voz para advertir que el estado ya está «al filo de la insurrección popular», porque la gente ya no aguanta tanta indiferencia, tanta soberbia y tanto abuso, y mientras el gobernador anda presumiendo cifras maquilladas y desayunando con los empresarios en la Guelaguetza, los pueblos originarios están viendo cómo se les acaba la paciencia y cómo la famosa Cuarta Transformación terminó siendo un nuevo modelo de corrupción, donde lo “nuevo” representa a quienes ahora ejercen el poder y sus amigos.
La verdad es que la «Primavera Oaxaqueña» ya está en su ocaso, porque no florece en las comunidades donde falta el agua ni en los hospitales sin medicinas ni en las fiscalías que archivan los casos de mujeres asesinadas, y extravían los de periodistas asesinados, lo que realmente está floreciendo es la indignación de un pueblo que ve cómo su gobernador ocupa el lugar 29 de 32 en el ranking nacional y cómo, lejos de transformar el estado, lo ha sumido en una crisis de inseguridad y pobreza que ya no tiene vuelta atrás, y por más que MORENA se esfuerce en vender la ilusión de que todo está muy bien, la gente que vive el día a día en Oaxaca sabe que esta primavera se está marchitando y que el invierno de la desilusión ya llegó para quedarse.