Como en el célebre microrrelato de Monterroso, la presidente Claudia Sheinbaum despertó. Afuera, el país aún olía a confeti, a cerveza derramada y a los gritos de una inauguración mundialista que nos vendieron como el parteaguas de la transformación. Unos días antes, el Estadio Azteca se había vestido de fiesta, las pantallas oficiales repetían la épica del México renacido y el discurso presidencial dibujaba un país que por fin había domado sus demonios. Pero en el amanecer post-mundial, cuando el maquillaje institucional empezaba a cuartearse, la realidad se plantó frente al despertador con la terquedad de lo que no se extingue con fuegos artificiales: ahí seguían la CNTE, las madres buscadoras, los transportistas y esa corrupción que, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, nunca se había ido.
El cuento original es una obra maestra de la elipsis: alguien sueña, despierta y el dinosaurio todavía está allí. La brutalidad política de esa frase reside en que el monstruo no irrumpe, simplemente permanece. Eso mismo ocurrió con el gobierno tras la borrachera mundialista. La CNTE no apareció de golpe; llevaba décadas allí, con sus plantones, sus exigencias salariales, su desdén hacia la reforma educativa que el oficialismo alguna vez prometió y luego maquilló. Las madres buscadoras no brotaron del asfalto la mañana siguiente al partido inaugural; son las mismas que han escarbado la tierra sin tregua mientras la narrativa oficial prefería hablar de paz y justicia social en los spots. Los transportistas no se inventaron una demanda nueva: simplemente dejaron de creer que el aumento a la gasolina y la inseguridad en las carreteras se arreglan con selfies desde un fan fest VIP y regalando boletos. Y la corrupción, esa metástasis institucional, no se desvaneció porque la fiscalía haya cambiado de siglas o porque los moches ahora se llamen “aportaciones solidarias” al partido en el poder.
La resaca del festejo desnudó el problema de fondo: la idea de que el país podía enmascarar sus heridas crónicas bajo la alfombra de un evento deportivo. Durante 72 horas, México fue el ombligo del mundo, los noticieros se llenaron de crónicas rosas, la inversión extranjera nos sonrió en gráficas y la clase política se abrazó en una foto que pretendía borrar la polarización. Pero los festejos no pagan salarios caídos del magisterio disidente, no excavan fosas clandestinas, no devuelven rutas seguras a los camioneros extorsionados y no destapan las redes de complicidad que anidan en cada rincón del presupuesto público. Celebrar, en ese contexto, fue un ejercicio colectivo de negación: mientras el balón rodaba, el dinosaurio simplemente cerró los ojos, pero siguió respirando.
Ese despertar forzoso revela la fragilidad de un proyecto que confunde comunicación política con ocultamiento, marketing gubernamental con solución de demandas históricas. La CNTE, ese sindicalismo que el obradorismo aprendió a tolerar a cambio de gobernabilidad, le recordó a la presidente que los pactos de silencio tienen fecha de caducidad y que los bloqueos regresan apenas las luces del espectáculo se apagan. Las buscadoras, con sus picos y palas, pusieron de nuevo sobre la mesa la verdad incómoda: la cifra de desaparecidos no entiende de inauguraciones, la justicia no se tramita por taquilla VIP. Y los transportistas, con su protesta en las autopistas, avisaron que la economía real no vive de las divisas del turismo mundialista, sino de condiciones mínimas de seguridad que el Estado lleva años sin garantizar.
Pero aquí el cuento se vuelve aún más perturbador. Porque si la presidenta despertó con la CNTE incólume, con las madres cavando y con los transportistas tronando, la sociedad debería estar despertando con una conciencia más alarmante: cuando despertó, MORENA aún seguía allí. No es una frase menor. Es la constatación de que el partido gobernante —pese a sus fracturas internas, a sus contradicciones discursivas y a su incapacidad para erradicar los males que prometió extirpar— sigue intacto en el poder, manejando el presupuesto, repartiendo candidaturas con encuestas amañadas y blindando con su mayoría legislativa cualquier intento de contrapeso real. MORENA es, en esta alegoría, el ecosistema en el que esos dinosaurios sobreviven. No los combate; los administra. No los extingue; los usa como una amenaza controlada para justificar su permanencia.
La reflexión final, entonces, no debe dirigirse solo a Palacio Nacional, sino a nosotros como ciudadanos que miramos el despertar con la misma parálisis del personaje de Monterroso. ¿Por qué tendríamos que encontrarnos con este cuento en las próximas elecciones? Porque una oposición fragmentada, sin narrativa ni arraigo territorial, es campo fértil para que el dinosaurio siga campante y el oficialismo se regodee en el inmovilismo. Si en el 2027 o el 2030 el relato vuelve a ser el mismo —una fiesta patriótica que oculta la putrefacción— no habrá sido por falta de evidencia, sino por falta de coraje cívico para construir una oposición sólida que no solo despierte, sino que decida, de una vez, sacar al dinosaurio de la sala.