Para la autoproclamada izquierda en México, el mayor problema no ha sido llegar al poder; las mayores dificultades que enfrenta hoy tienen que ver con la victoria que obtuvieron en el 2018, y las que siguieron que, capitalizando la inconformidad con el régimen que había construido el PRI, y al que había dado continuidad el PAN, fueron contundentemente mayoritarias.
La manera abrupta en que la izquierda pasó de ser oposición ser gobierno, sumado a las formas que habían adoptado diversos gobiernos latinoamericanos, como el de Venezuela o el de Bolivia, que fueron tomados como referentes por López Obrador dieron como resultado gobiernos que se consideran los representantes del “pueblo” y con base en ello han emprendido vendettas personales contra todo aquello que consideran contrario a la “voluntad popular”
El paso de la oposición al gobierno y la consolidación de su mayoría han desatado luchas internas que antes permanecían latentes, llevando al partido a un estado de fragmentación que algunos analistas describen como una «guerra interna» con al menos diez frentes de batalla abiertos. Este fenómeno confirma que el principal adversario de un partido hegemónico a menudo deja de ser la oposición externa y se convierte en las ambiciones internas.
El desencadenante principal de estas disputas ha sido el proceso de selección de candidatos, un momento de alto riesgo donde el premio —ganar una elección prácticamente asegurada— es máximo.
La contienda interna para suceder a AMLO fue el primer gran parteaguas. Aspirantes como Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, Ricardo Monreal y Gerardo Fernández Noroña (conocidos todos ellos como las «corcholatas») se enfrentaron en un proceso que, lejos de ser terso, estuvo marcado por constantes fricciones. Ricardo Monreal denunció públicamente un «gasto excesivo» en propaganda de sus contrincantes, violando las reglas acordadas.
El partido optó por una encuesta para definir a su candidato presidencial. Sin embargo, expertos advirtieron que este método no evitaría los conflictos e, incluso, algunos señalaron que las preguntas estaban diseñadas para validar el dedazo de AMLO, mostrando un «deseo de control desde los liderazgos».
La tensión escaló a niveles de ruptura. Marcelo Ebrard, al sentirse en desventaja, acusó al partido de actuar como «el PRI de antes», denunciando que se impidió a sus representantes tener acceso al conteo de votos con el uso de la fuerza pública. Incluso calificó el proceso como una farsa.
Las heridas no cerraron tras la elección. Gerardo Fernández Noroña, quien asegura haber quedado en tercer lugar en la encuesta, ha reclamado públicamente que MORENA no ha cumplido los acuerdos sobre la asignación de cargos (como la coordinación de la bancada en el Senado) que se hicieron en función de los resultados obtenidos.
Una vez consolidada la mayoría, los conflictos se han intensificado y diversificado, dando lugar a una lucha por el poder a todos los niveles.
La disputa por el poder legislativo es evidente. En un Consejo Nacional del partido, las ausencias elocuentes de figuras clave como Andy López Beltrán (hijo de AMLO y considerado cerebro de la sucesión) y Ricardo Monreal enviaron un mensaje claro de descontento y cálculo político, evidenciando un partido que comienza a fracturarse desde el centro del hueso.
La lucha por las candidaturas a gubernaturas ha generado verdaderas «guerras internas» en varias entidades. En Campeche, al menos 10 de 16 legisladores morenistas rompieron con la gobernadora Layda Sansores por su estilo autoritario y la falta de diálogo. En Michoacán, el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla gasta el tiempo haciendo maniobras para frenar el avance del senador Raúl Morón como candidato. En Veracruz, la disputa entre Rocío Nahle y Erick Cisneros fisuró la unidad del partido.
La crisis interna ha trascendido al ámbito de la gestión pública. En Jalisco, el alcalde morenista de Tequila fue detenido por presuntos nexos con el Cártel Jalisco Nueva Generación, un caso que evidencia que el partido no logró ni prevenir ni contener la entrada de un personaje ampliamente conocido en sus filas. Incluso la presidenta Sheinbaum ha tenido que intervenir, como en Baja California, donde regañó públicamente a líderes locales, lo que solo avivó los rencores de los bajacalifornianos por el abandono del gobierno federal.
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