Mientras el Zócalo retumbaba con el eco de la celebración este domingo 31 de mayo, con pantallas gigantes, templete de lujo y un mar de acarreados ondeando banderitas, en el resto del país la resaca de la realidad golpeaba con la fuerza de una cruda que ya dura ocho años años. Claudia Sheinbaum, heredera del obradorismo, montó un festejo que pretendió vender la imagen de un México pujante, de logros históricos, de transformación consumada. Pero basta con rascar un poco la superficie de ese relato para encontrar el barro de una realidad que no cabe en los discursos oficiales.
Resulta obsceno, francamente obsceno, ese ambiente de verbena popular y triunfalismo vacío cuando México arrastra una deuda que hipotecará a las próximas generaciones. El sexenio de López Obrador nos dejó el mayor endeudamiento en la historia del país, una factura que hoy Sheinbaum paga con más discursos que recursos. La fiesta del domingo se pagó con el mismo dinero público que no alcanza para medicamentos, para escuelas dignas, para seguridad.
Habló de logros, pero ¿de cuáles? ¿De un sistema de salud que colapsa en la indiferencia? ¿De la refinería que no refina y se tragó los ahorros de varias generaciones? ¿De los programas sociales que, siendo necesarios algunos, se han convertido en moneda de cambio electoral y no en palanca para el desarrollo? Presume con cifras maquilladas mientras la corrupción sigue campante, con una Fiscalía que no investiga al poder y un partido que se ha blindado con el fuero de su ilegal mayoría parlamentaria. Los casos de Segalmex, los contratos a modo, los familiares en posiciones clave, eso no se menciona en el templete de la celebración. La fiesta es para distraer, para anestesiar, para que no hablemos de lo que realmente importa.
Y mientras tanto, el narco. Ese elefante en la habitación que ni AMLO supo domar con sus «abrazos, no balazos» ni Sheinbaum ha logrado contener. El país arde en regiones enteras donde el Estado simplemente no existe, donde los criminales ponen las reglas, cobran impuestos, secuestran, matan y desaparecen impunemente. Los fines de semana dejan decenas de muertos, fosas clandestinas que se multiplican, familias destrozadas que no encuentran justicia. Pero en el Zócalo se bailaba, se cantaba, se aplaudía. La desconexión entre esa burbuja festiva y el México profundo es tan grotesca que parece una metáfora cruel: ellos celebrando en el centro del poder, mientras en las orillas la sangre sigue corriendo.
Detengámonos en los pasivos más lacerantes que dejó el sexenio anterior, esos que desde el templete se pretendieron ocultar con el humo de la pirotecnia y el estruendo de la banda oaxaqueña. Porque Sheinbaum no solo carga con la factura de la fiesta, sino con un almacén repleto de agravios fiscales, humanos e institucionales que su antecesor le heredó y que ahora ella administra con el mismo recurso del avestruz.
El socavón fiscal y la deuda que no se nombra. El gobierno de la “austeridad republicana” nos entregó la deuda pública más alta de la que se tenga registro al cierre de 2024, cuando rozaba los 17.4 billones de pesos, un incremento de casi 7 billones respecto al inicio del sexenio. Grotesco es cómo se gastó ese dinero, como en la refinería de Dos Bocas que hasta la fecha no produce un solo barril de gasolina comercializable con los estándares prometidos, pero cuyo costo se disparó de 8,000 a más de 16,000 millones de dólares. Ese elefante blanco es el símbolo perfecto de un sexenio que confundió voluntarismo con eficiencia. Mientras, en el Zócalo, Sheinbaum celebraba un “segundo piso de la transformación” que se levanta sobre un sótano inundado de facturas impagables.
El combate a la corrupción fue la promesa más repetida, pero la realidad es que en el sexenio de AMLO no solo no disminuyó, sino que creció exponencialmente. El caso de Segalmex no es en ejemplo: más de 15,000 millones de pesos desviados en un organismo creado para garantizar la soberanía alimentaria, mientras las comunidades más pobres seguían esperando el apoyo. A eso hay que sumar la lista de altos funcionarios con familiares colocados en el gabinete: el nepotismo se convirtió en política de Estado y el “no robar” quedó en un eslogan de campaña que la realidad desmintió una y otra vez.
“Un sistema de salud como el de Dinamarca”, repetía una y otra vez AMLO. Al final del sexenio, el desabasto de medicamentos oncológicos e infantiles fue mas que evidente, el IMSS-Bienestar nació sin estructura suficiente y los hospitales rurales quedaron abandonados a su suerte. En el festejo del 31 de mayo, se habló del programa “Salud Casa por Casa” como un logro, pero se omite que el sistema público está tan debilitado que la casa se convirtió en el único refugio para quienes ya no encuentran atención en un hospital.
La guerra que nunca terminó. El legado más sangriento es el de la seguridad. Los “abrazos, no balazos” produjeron el sexenio más violento de la historia moderna: más de 196,000 homicidios dolosos entre 2019 y 2024, sin contar los miles de desaparecidos que se acumulan en fosas clandestinas. La militarización avanzó sin control: se le entregó la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa y se amplió el fuero militar, pero los resultados en territorio son nulos. Regiones enteras —Tierra Caliente, la sierra de Guerrero, amplias franjas de Chiapas, Guanajuato, Zacatecas, Oaxaca— viven bajo regímenes del crimen organizado que cobran “piso”, imponen toques de queda y deciden quién gobierna a nivel municipal. La estrategia de seguridad se redujo a una mañanera que cada día reportaba cifras maquilladas y a una negación sistemática de la tragedia. Sheinbaum ahora repite el libreto de “atender las causas”, pero las causas llevan décadas sin ser atendidas y el narco acumula más poder que el propio Estado.
El rescate de Petróleos Mexicanos —ese barril sin fondo— fue otro fetiche del obradorismo. Al final del sexenio, Pemex arrastraba una deuda de más de 105,000 millones de dólares y su producción de crudo apenas superaba los 1.8 millones de barriles diarios, lejos de la meta de 2.6 millones que se prometió. Las refinerías existentes operan a menos del 50% de su capacidad, y la joya de la corona —Dos Bocas— sigue siendo un monumento al desperdicio. Para mantener a flote la empresa, Hacienda le inyectó cientos de miles de millones de pesos del erario público, recursos que no fueron a escuelas, a carreteras ni a la transición energética, sino a tapar un hoyo negro que no deja de crecer.
La herencia política: polarización y demolición institucional. Pero quizá la herencia más tóxica sea la que no se mide en pesos ni en cadáveres, sino en el tejido mismo de la República. AMLO entregó un país partido en dos, donde el disidente es tratado como enemigo, el periodista crítico como “conservador” y el juez independiente como un obstáculo a eliminar. El Poder Judicial quedó asediado, el INAI y los órganos autónomos fueron desmantelados con la complicidad del Legislativo, y la Suprema Corte sobrevive en estado de sitio. La reforma al Poder Judicial que impulsa Sheinbaum es, en realidad, la culminación de ese proyecto de control total que su antecesor no alcanzó a consumar. Y en ese ambiente de pensamiento único, las fiestas del Zócalo no son celebración popular, sino demostración de fuerza: un mensaje de que ellos están en el centro y los demás, literalmente, en la periferia.
La realidad que presumen es una narrativa de cartón, un castillo de naipes que se sostiene con propaganda, control mediático y el fervor de una militancia que ha decidido no ver, no escuchar, no cuestionar. Pero la resaca ya está aquí. La economía no despega, la violencia no cede, la deuda asfixia, la corrupción se normaliza bajo el pretexto de que «ahora es diferente». Esa resaca la vivimos todos los que no estuvimos en la fiesta, los que no cupimos en el relato oficial, los que sabemos que México no se arregla con porras ni con autocomplacencia.
Así que sí, el domingo 31 de mayo hubo fiesta, hubo globos y hubo discursos que hablaban de un país que no existe. Pero afuera, en el México real, la resaca sigue: con un tipo de cambio que se deprecia ante la incertidumbre jurídica, con una inversión extranjera que se contiene, con familias enteras que migran porque en su pueblo ya sólo manda el crimen, con jóvenes sin futuro, con enfermos sin medicinas y con una deuda que hipotecará tres generaciones.
El problema no es festejar; el problema es festejar en el vacío, construir un altar a uno mismo mientras el país se desmorona. Sheinbaum y su equipo deberían preguntarse si vale la pena celebrar cuando los cimientos están podridos. Porque tarde o temprano, por más cohetes que truenen, la realidad siempre cobra sus cuentas. Y esa cuenta, señora presidente, no la va a pagar su fiesta. La resaca —por más que se disimule con baile— no se cura con porras. Se cura con verdad, con autocrítica y con acciones que, hasta ahora, no aparecen por ningún lado. La fiesta fue un intento desesperado de cubrir con confeti el agujero que dejó el obradorismo. Pero las mañanas después de la fiesta son crueles, y a este gobierno se le acaba el tiempo para despertar de su borrachera.