En una semana digna del mejor reality show de la televisión mexicana, la soberana de Palacio Nacional (y digo soberana porque pareciera que su ambición monárquica es lo que defiende Shenbaum cuando habla de soberanía), demostró una vez más que el manual de la 4T sigue intacto: cuando el sol de los problemas reales aprieta, nada mejor que un buen dedo —o mejor aún, varios distractores— para intentar taparlo.
El problema es que ese sol se llama crimen organizado, y quien lo ha puesto en el centro del reflector es Donald Trump. Un tema que se ha convertido en una piedra en los zapatos de la Cuarta Transformación desde la llegada al poder de AMLO el “viejito de Macuspana”, y que ahora provoca desvelos en su sucesora, quien no encuentra manera de distraer a quienes exigen una respuesta seria ante las acusaciones de Estados Unidos.
La estrategia no es nueva. Durante años, el ahora llamado “presidente moral” de la 4T perfeccionó la técnica de cambiar la conversación nacional cada vez que un dato incómodo amenazaba con colarse. ¿Violencia imparable? Hablemos de las mentiras de la prensa fifí y de cómo olvidan a los enemigos de la nación como Hernán Cortés. Con Sheinbaum si el dato incómodo es ¿Inflación? Un tema cultural: BTS en Palacio de Gobierno, y los invitamos para que vuelvan el próximo año. ¿Fentanilo y presión de Washington para extraditar al morenista Rocha Moya? Adelantemos el fin del ciclo escolar para que disfrutemos el mundial.
La soberana Sheinbaum ha heredado esa escuela con devoción religiosa. En lugar de enfrentar con datos y acciones concretas las acusaciones sobre presuntos vínculos entre políticos mexicanos y el crimen organizado, la respuesta fue un despliegue de espectáculo mañanero: declaraciones cruzadas, apariciones relámpago, peleas con reporteros y un intento desesperado por fijar la mirada pública en temas menores.
El origen de este malestar está en el “viejito de Macuspana”. Fue durante su mandato que la relación con Washington en materia de seguridad pasó de la cooperación técnico-militar a un diálogo basado en consignas políticas. La frase “abrazos, no balazos” nunca convenció al norte del río Bravo, donde el fentanilo y el tráfico de precursores se convirtieron en crisis de salud pública.
Esa herencia ahora la carga la soberana de Palacio Nacional. Y aunque intente seguir bailando al ritmo de la 4T, el zapato le aprieta. Porque el problema del crimen organizado incrustado en los gobiernos morenistas no es un invento de la prensa conservadora ni una exageración trumpista. Es una realidad que el propio gobierno documenta en carpetas de investigación, en fosas clandestinas y en jóvenes muertos.
El refrán popular es claro: no se puede tapar el sol con un dedo. Tampoco con todos los distractores que se quieran inventar. Quienes reclaman una respuesta seria —no sólo el pueblo sabio, sino también sectores de la clase política, organismos de derechos humanos y analistas internacionales— ya no se conforman con apariciones mañaneras para negar o desviar la atención.
Quieren datos. Quieren acciones. Quieren que la Presidenta deje de actuar como protagonista de un reality y empiece a gobernar como quien tiene una obligación constitucional con la seguridad de su pueblo.
Urgente también resulta entender a cabalidad lo que representa para el país mantener una relación sólida con Estados Unidos, respetuosa, pero basada en el reconocimiento de las asimetrías. No vamos a ganar con nuestras resorteras contra los cañones que tenemos enfrente. Debemos exigir respeto, pero primero respetar a los mexicanos reconociendo que MORENA cobija a políticos impresentables como Rocha Moya —el primero señalado por Trump, pero no el último. No tardarán en hacerse públicas nuevas demandas de extradición de más integrantes de la 4T. Esto sucederá pronto si no encuentran eco sus solicitudes de extradición, porque Washington no se caracteriza por su paciencia.
Mientras Sheinbaum se debate entre el reality y la realidad, la oposición está obligada a capitalizar el error: una soberana que evade, un partido que minimiza alertas internacionales y una ciudadanía que empieza a sentir que el discurso de la «transformación» es, en los hechos, una cortina de humo.
Pero todo este espectáculo —el dedo tapando el sol, los bailes, los adelantos escolares y las peleas con periodistas— tiene un propósito central: que no miremos hacia donde realmente duele. Que no entendamos que el problema no es solo el crimen organizado enquistado, sino la complicidad estructural que le permite operar con impunidad.
Y aquí la pregunta incómoda: ¿qué podemos hacer mientras la soberana y su corte nos entretienen con su reality? La respuesta no pasa por esperar a que la 4T se «autocorrija». La única salida verdadera —realista, exigente, inevitable— es devolverles el golpe en el terreno que más les duele: el electoral.
No basta indignarse en redes. No alcanza con maldecir a Rocha Moya o a los narcopolíticos de MORENA. La corrupción y su principal alcahuete, este partido en el poder, solo se detienen arrebatándoles espacios desde abajo. La próxima trinchera no es 2030 ni 2029: es 2027.
2027 es el año en que se renuevan ayuntamientos, diputaciones locales, sindicaturas y, en muchos estados, los congresos que hoy blindan al gobierno contra cualquier fiscalización. Cada municipio recuperado será un muro contra la discrecionalidad del gasto. Cada diputado local no morenista será un voto para quitarles el control de las cuentas y obligarlos a responder por sus vínculos con el crimen organizado.
Mientras la oposición siga fragmentada, tibia y muchas veces cómplice por omisión, mientras sigan postulando a los mismos reciclados, el reality de Sheinbaum seguirá siendo nuestra dieta. Pero si desde ahora nos organizamos —sin alianzas fingidas, sin candidatos impresentables, sin más excusas— para desmontar el entramado morenista en cada estado y municipio, entonces el 2027 puede ser el principio del fin.
El sol sigue ahí. El dedo, por más que se esfuerce, terminará quemándose. Pero no basta con verlo arder: hay que aprovechar que la soberana mira hacia otro lado para quitarle, voto por voto, el poder que hoy usa para esconder la corrupción.
Porque pacificar al país, acabar con la corrupción y recuperar el crecimiento no se consigue con aplausos ni con memes. Se consigue arrebatándole los espacios a MORENA. Y eso comienza, sin un segundo más de retraso, en el 2027.